DISCEPOLO: UNA VOZ QUE NO CESA
Siempre es bueno recordar a Enrique Santos Discépolo. Artista múltiple, "pequeño gigante" -como lo llamó Manzi-, dolido vate de la peripecia nacional que en todos los ámbitos en que le fue dado desenvolverse supo dar muestras acabadas de su "talento enorme", de su sensible lirismo pletórico de humanidad y compromiso, de su total, insobornable entrega a la causa de las mayorías.
"En el largo y penoso diálogo de mi vida no he tenido más interlocutor que el pueblo. Siempre estuve solo con él. Afortunadamente con él. El Pueblo me devolvió la ternura que le di y yo -fulano de tal- soy el hombre que conversa con la multitud como con su familia y cuenta, en voz alta, lo que la multitud -que es él o igual a él-ansía que le digan" (ESD, 1947)
Ignoradas por buena parte de sus admiradores tangueros, palabras como estas no se compaginan fácilmente con la imagen masoquista y escéptica que del poeta ha sabido delinear -con su larga sabiduría de omisiones y silencios- la maquina cultural colonizante.
"Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos". (ESD, 1947)
¿Este es el tan mentado masoquismo de Discépolo? ¿Éste su escepticismo, su "desencantada concepción de la vida"?
"El hombre nace para vivir y la vida es un premio. El más grande, quizás, el más lindo. Y ha de morirse el hombre por su cuenta, por sí mismo, sin que el Estado haga lo posible para que se muera desde que nace; sin que el mejor dotado lo aplaste, porque es más débil; sin que las diferencias de mejor fortuna hagan de la comunidad una mezcla de diez dichosos contra nueve mil novecientos noventa desdichados" (ESD, 1951)
No. Discépolo no era un hombre escéptico, pesimista, frustrado. Tal vez de la lectura apresurada o prejuiciosa de sus tangos pueda surgir esta convicción. Pero, por otra parte, no todo él está en las letras de sus tangos.
Jauretche decía que Discépolo "tiene dos imágenes: la de antes del 45 y la de después..."Es decir, la de sus tangos amargos y testimoniales y la de su adhesión fervorosa a la causa de la revolución nacional.
Resulta entonces mutilada, falsa, inmerecida esa imagen de filósofo descreído, de moralista intemporal que supo fabricarle la crítica colonizada. Discépolo fue un hombre de su tiempo y, como tal, enjuició desde sus tangos y "grotescos" teatrales a la Argentina semicolonial que se derrumbaba en la Década Infame. Eso, mientras Borges "fatigaba" los ocasos suburbanos en pos del cuchillero esencial, y Raúl González Tuñón, -en el otro extremo del espectro ideológico- ponía su lira stalinista al servicio de la República...Española. Y si estos fueron coherentes en su posición antiperonista posterior, también lo fue la actitud de Discépolo, jugado del lado popular después de las gloriosas jornadas del 45. No es su culpa si este costado de su personalidad permaneció en la penumbra. Como no lo es tampoco el hecho de que sus tangos mayores ("Qué vachache", Cambalache", "Yira yira") parezcan escritos hoy mismo, no hace más de medio siglo.
Sin embargo, ¡cómo le dolería al poeta esa machacona, inquerida persistencia de sus versos amargos en esta Argentina del siglo XXI! A él, que si alguna vez pudo exclamar: "¡Quién más, quien menos pa malcomer somos la mueca de lo que soñamos ser", muchos años después, apelando a la buena fe de Mordisquirto, sabría invitar, con su voz de grillo, insistente, tenaz, esperanzada:
"Dejá el pasado... ya está en la percha. Colgado junto a un montón de desencantos. Ahora una nueva conciencia argentina limpia el camino que empieza en el asfalto de la estrella porteña y termina al pie de una chirimoya tucumana calentada por el solcito de Tafí". (ESD, 1951)
Este es el Discépolo que queremos reivindicar a cincuenta y nueve años de su partida física: el Discepolín del entusiasmo y la alegría, de la Argentina que soñamos, de la Argentina que indefectiblemente será.
jcj